Trastornos Emocionales y del Comportamiento

La desobediencia así como otros desórdenes en el comportamiento suelen ser frecuentes en la infancia, llegando en algunos extremos a platear un desafío al control parental, estableciendo una relación entre padres e hijo aversiva y problemática. Sin embargo, estas conductas suelen ser habituales en los primeros años de vida, formando parte del proceso evolutivo del niño, por lo que la decisión de si intervenir o no vendrá motivada por la variedad de contextos en los que se produce, la intensidad o gravedad de los comportamientos y el aumento o falta de remisión espontánea durante el desarrollo del niño.

 

Los factores causantes de esta problemática, lejos de presentarse de manera sencilla o simple, suelen ser varios e interaccionar de manera compleja, de tal manera que junto a la aparición y aprendizaje de conductas coercitivas por parte del niño, y de los padres, en su relación, va influir también la posible falta de habilidades de comunicación en los padres, pobre manejo del estrés o de situaciones conflictivas, la propia personalidad del niño, su mayor o menos excitabilidad, la existencia de problemas familiares o conyugales, estilo de comunicación, problemas laborales o sociales de los padres, etc. Sin olvidar que la presencia de un cierto desorden y desobediencia en el comportamiento del niño, no solventado en su momento será clave para el desarrollo de comportamientos cada vez más problemáticos conforme aumente la edad, tales como conductas agresivas, antisociales, robos, y problemas académicos. Igualmente la remisión o solución de problemas de comportamiento y desobediencia va ayudar a fomentar una mejor solución de otros problemas que puedan surgir durante el desarrollo.

Las reacciones emocionales como el miedo o la tristeza tienen un carácter más subjetivo que hacen que sean menos observables que en el caso de un trastorno del comportamiento, o que se manifiesten a través de síntomas o signos indirectos. Así por ejemplo, en el caso de la depresión infantil es frecuente observar ira, rabia, hostilidad e irritabilidad, antes que tristeza o abatimiento.

 

En relación al miedo y la ansiedad, los niños atraviesan en el curso de su desarrollo por diferentes fases evolutivas en cuanto al tipo de objetos y situaciones a las que suelen desarrollar miedo o ansiedad. El miedo natural en el niño cumple un mecanismo de protección, evitando la ocurrencia de diferentes peligros. En los primeros meses el bebé suele reaccionar ante ruidos fuertes o estímulos intensos; entre los 8-12 meses se intensifica el miedo a las personas extrañas o a la “separación de los padres”. Y al mismo tiempo que aparecen a determinadas edades, desaparecen una vez cumplida su fase evolutiva. Sin embargo, cuando estos miedos son reforzados o aprendidos o generalizados por influencia del ambiente familiar, pueden llegar convertirse en crónicos y/o plantear determinados problemas de adaptación. Así el miedo natural a la “separación de los padres” si resulta reforzado por los padres puede convertirse en un ansiedad de separación que dificulte la integración y la socialización durante los primeros años de la etapa escolar.

 

En el caso de los adolescentes la adecuación a los cambios físicos y psicológicos, cambio de imagen, así como a los nuevos roles sociales que tiene que desempeñar, hace que las relaciones con los demás, el grupo de iguales, la familia, etc., cobren más importancia constituyéndose en posibles fuentes de miedos y/o conflictos. Cada experiencia angustiosa o conflictiva no tiene por qué ser negativa en sí, sino que en condiciones normales debe servir de ayuda para madurar emocionalmente y aprender estrategias de afrontamiento adecuadas para manejar situaciones difíciles o sucesos estresantes. Sin embargo, hay ciertas ocasiones en las que estas experiencias provocan un fuerte malestar emocional ante el cual el niño o el adolescente no es capaz de encontrar un afrontamiento ajustado, lo que motivará reacciones inadecuadas y repuestas incontroladas desarrollando un trastorno emocional.

 

El abordaje terapéutico, precedido de una correcta evaluación de todas las áreas implicadas, irá destinado según cada caso a promover el cambio de las pautas de comportamiento y los modelos de afrontamiento desajustados, teniendo en cuenta que los padres serán la mayoría de las veces uno de los actores principales a la hora de poner en práctica las técnicas necesarias para conseguir dicho cambio.

 

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