La tristeza es una de las emociones que experimentados a lo largo de nuestra vida asociada a situaciones de pérdida real, como la pérdida de un trabajo o un ser querido, un amigo, una relación; o pérdida imaginada, queriendo decir con ello que la interpretación de lo que consideramos una pérdida depende más de nosotros mismos que de la pérdida en sí, y por tanto el grado de tristeza va a estar en función de cómo interpretemos nosotros la pérdida y qué sentido le demos en nuestra vida. También la tristeza puede aparecer en contextos de fracaso de nuestras expectativas, como cuando no conseguimos algo muy deseado por lo que nos hemos esforzado, como por ejemplo un examen. Aquí la sensación de tristeza puede ir unida también no sólo a la importancia que demos a lo que deseamos, sino al esfuerzo que hemos llevado acabo, uniéndose incluso las sensaciones de tristeza con las de frustración, abatimiento, culpabalidad y baja autoestima, o ira y rabia, dependiendo si atribuimos la responsabilidad de la pérdida a nuestros propios actos e intenciones o bien a los ajenos, el azar, la suerte, el destino, etc.
La tristeza no es por tanto un sentimiento de por sí patológico, como ninguna emoción desagradable lo es, salvo que ésta, por su duración y/o sus efectos conlleve nuevos problemas en nuestra adaptación y ajuste con el entorno, o un agravamiento de lo que ya existía. Procesos naturales de pérdida como puede ser perder el trabajo, o el duelo por el fallecimiento de una persona querida, desencadenan un sentimiento normal de tristeza, pues lo patológico aquí sería no sentirla, además de que el mismo sentimiento natural de tristeza nos ayuda a darnos un tiempo para reflexionar y asimilar la pérdida antes de reorganizar nuestra vida, ver en qué hemos podido no estar del todo acertados, en el caso de que la causa de la pérdida pudiera depender de nosotros, y trazar de nuevo planes que nos permitan adaptarnos a la nueva situación, y sembrar las semillas de nuevos proyectos.
Cuando la tristeza no disminuye con el tiempo sino que va a más, impidiéndonos elaborar planes de futuro, o reponernos de la perdida, obsesionándonos con supuestos errores del pasado, para ponernos de nuevo en marcha, poco a poco, puede ser la señal de alarma que nos haga pensar que el proceso natural del duelo no va bien, y el momento oportuno de acudir a un profesional que nos ayude a resolver el bloqueo emocional que nos detiene e inmoviliza.