Entendemos que existe un trastorno de la alimentación cuando se observa que la conducta alimentaria esta alterada, como consecuencia fundamentalmente de los intentos por controlar el propio peso y el cuerpo, pero también como resultado de conflictos de orden psicológico que evidencian distorsiones o déficits en el manejo de las emociones, la autoestima, y las relaciones sociales y familiares.
La preocupación por el peso y las dietas se ha convertido en un modelo común en las mujeres de la sociedad occidental, donde la delgadez como ideal de belleza y el cambio de roles de la mujer, ha propiciado que la imagen personal sea no sólo ya una cuestión de estética, sino signo de éxito, de eficacia y autocontrol personal. Resulta pues compresible que en edades en las que las personas, en particular las mujeres, comienzan a desarrollar una vida social y laboral más intensa, como es en la adolescencia tardía y en la juventud, donde la necesidad de logro y la presión o la competitividad por alcanzarlo se vea acrecentada, aparezcan hábitos y actitudes de restricción alimentaria y control de peso como forma derivada de manejar las propias expectativas de éxito, o de afrontar la afectividad negativa asociada a los fracasos; si estos hábitos alimentarios se convierten en la principal forma de control percibido sobre sí mismo y el medio, y pasan a ser severos o extremos, podemos estar a las puertas del desarrollo de uno de estos trastornos, como pueden ser la anorexia nerviosa, la bulimia y también la obesidad.
Cada caso deberá ser evaluado en orden a las características propias de cada paciente, y en función de saber qué factores han actuado o están actuando a la hora de predisponer, desencadenar y perpetuar el trastorno.