La Ansiedad puede ser entendida como una emoción más junto al resto de emociones que experimentamos de forma cotidiana tales como la alegría, la tristeza, el miedo, la ira, la ternura, la vergüenza, el anhelo, la sorpresa, etc. En este sentido las emociones nos sirven tanto en el proceso de atribuir significado a nuestras experiencias en la vida, influyendo en gran parte en su recuerdo, como a ayudarnos a tomar decisiones respecto a cómo afrontar una situación determinada, activándonos y motivándonos en ocasiones para llevar a cabo aquello que hemos decido.
La Ansiedad en sí suele experimentarse como un estado emocional displacentero, que se produce ante detreminadas situaciones, o su anticipación mediante la imaginación, a las que atribuimos un cierto grado de amenaza, reto o desafío para nuestro equilibrio psicólogico, expectativas de éxito o autoestima, en función de la valoración que hacemos tanto de nuestras capacidades como de la situación que hemos de afrontar. En condiciones óptimas constituye un factor de impulso en nuestra motivación que mejora nuestro rendimiento y la adaptación al entorno laboral, social o académico. De este modo la ansiedad nos ayuda a movilizar los recursos necesarios para preparar con el esfuerzo necesario, por ejemplo, un examen importante, estar atentos en una entrevista de trabajo, o reaccionar ante una emergencia.
Por el contrario cuando la ansiedad sobrepasa determinados umbrales, se convierte en un problema de salud, perjudicando nuestro bienestar incluso a nivel orgánico, e interfiriendo en nuestras actividades sociales, laborales o educativas. En lugar de ser un impulso a nuestra motivación y una ayuda para nuestra adaptación se convierte en un obstáculo que limita nuestra capacidad de elección y nuestras acciones. En ciertos casos, los episodios en los que la ansiedad representa un problema pueden volverse repetitivos antes las mismas situaciones, o constituirse en un problema recurrente en nuestra vida que nos impida desarrollarnos en plenitud, ante lo cual puede ser conveniente acudir al psicólogo para resolver estas limitaciones.
La relación entre ansiedad y rendimiento fue estudiada por Yerkes y Dobson ya en 1908 cuando descubrieron cómo esta relación aparecía descrita por la figura de una U invertida, de tal manera que un nivel medio de excitación correlacionaba con un nivel óptimo de rendimiento, mientras que el aumento de la excitación más allá de este umbral perjudicaba el rendimiento que decrecía de forma invariable.
Aproximadamente entre un 15% y un 20% de la población padece o va a padecer algún problema relacionado con la Ansiedad que necesite tratamiento, pues su mejora espontánea es muy improbable. La mayoría de las personas con problemas de Ansiedad que no acuden a tratamiento tienden a padecer con el tiempo síntomas mayores y más intensos, extendiéndose a más situaciones y cronificándose. La simple voluntad de la persona para vencer estos síntomas suele ser la mayor parte de las veces insuficiente, necesitando acudir al tratamiento cuando los síntomas de Ansiedad llevan ya tiempo instaurados.
El Estrés es un proceso psicológico complejo que abarca tanto a la emoción como a la motivación. Este proceso surge en situaciones que nosotros interpretamos de reto o amenaza y que nos exigen un esfuerzo, sean porque son situaciones nuevas antes las que nunca antes nos habíamos enfrentado, o porque son situaciones conocidas que sufren un cambio que desestabiliza nuestro equilibrio y control al variar lo que sabíamos de ellas, haciendo que nuestra de manera de afrontarlas ya no sea eficaz.
El Estrés es también una respuesta adaptativa, y por tanto natural a nuestro organismo, que se da ante situaciones o contextos que la persona valora como potencialmente amenazantes, en función de cómo percibe ésta sus propios recursos para afrontarlos.
El Estrés, por tanto, puede resultar en principio beneficioso como factor de movilización de nuestros recursos fisiológicos y psicológicos para hacer frente a situaciones nuevas o de cambio, poniendo en marcha un proceso de activación de todos nuestros recursos y habilidades de afrontamiento. Sin embargo, cuando estos recursos resultan ineficaces, y el equilibrio y el ajuste que buscamos no se produce, o los resultados y la adaptación no se dan, el transcurso del tiempo ligado al mantenimiento del estrés hace que nuestro organismo vaya pasando por diversas etapas hasta llegar finalmente al agotamiento, lo cual va a acarrear en la persona que lo sufre diversos problemas de salud, de índole tanto física (úlceras, cardiopatias, etc.) como psicológica (trastornos de ansiedad, depresión, etc.), dependiendo de cual fuese su estado previo de salud antes de comenzar el proceso de estrés y/o su predisposición genética y biológica a padecer determinados trastornos o enfermedades.