Los juegos de azar forman parte de las formas de entretenimiento de muchas personas sin que supongan ningún problema en particular. Sin embargo, el tiempo que se dedica a esta actividad y la capacidad para controlar de forma voluntaria la implicación en el juego, es lo que en principio puede diferenciar a un jugador social o controlado de un jugador con problemas para mantener el control o del jugador patológico.
El jugador social, juega de vez en cuando o de manera regular, teniendo como mero fin el entretenimiento, el ocio, o para interactuar socialmente, pero siempre mantiene el control emocional sobre la conducta, pudiendo dejar de jugar cuando lo desea, independientemente del dinero que pierda o gane y de la frecuencia con que juegue.
La evolución de una persona que se acerca al juego simplemente para divertirse o pasar el rato, o incluso por la oportunidad de ganar algún dinero rápida y cómodamente, y con el tiempo termina perdiendo el control y dependiendo emocionalmente de él, pasa por diversas fases, que parten de una fase de ganancias, en la que se genera una falsa ilusión de control y éxito que lleva a una cada vez mayor implicación emocional en el juego; pasando posteriormente a una fase de pérdidas y el deseo de recuperarse, siendo aquí donde empieza a perderse el control y a surgir los problemas laborales, familiares y económicas; y terminar en una fase de desesperación y de jugar por jugar. El mecanismo que genera la dependencia al juego aparece ante el riesgo que supone la situación de jugarse sumas cada vez más altas, junto a la asunción del reto que conlleva la ilusión sobre el dominio de las reglas de juego y el azar, asociadas a unas posibles ganancias iniciales, lo cual induce en el jugador unos fuertes estados emocionales de los que, si su modo de jugar se vuelve sistemático y frecuente, puede quedar dependiente. Además de la activación emocional, que suele ser más alta cuanto más habitual se vuelva la conducta de juego, intervienen otros factores como el tipo de juego, o las distorsiones en el pensamiento e ilusiones en las que suele incurrir el jugador y que le hacen sobreestimar su dominio del juego o su suerte como superior a la mera probabilidad estadística del azar, lo que a la larga le harán incurrir en muchas más pérdidas que ganancias. El jugador patológico llega al punto de dedicar todo su tiempo y dinero a jugar, desatendiendo y lesionando cualquier otro objetivo personal, familiar, social o laboral.
La intervención psicológica debe ir encaminada no sólo a buscar la abstinencia o un uso controlado del juego por parte de la persona a través de la recuperación del control y la modificación de la ilusiones sobre juego, sino la evaluación e intervención en el resto de áreas y problemas asociados de la persona para ver hasta qué punto están afectadas las relaciones familiares, laborales, sociales, y evaluar en qué grado pueden estar dándose otro tipo de patologías.