Los estudios actuales sobre el dolor parten de la Teoría de la Puerta de Melzack y Wall, de 1965, sustentada ampliamente en la investigación neurofisiológica. A partir de esta teoría el dolor deja de ser comprendido como una simple sensación fisiológica producida por una lesión o daño en los tejidos del órgano afectado, para abordarse como una experiencia compleja en la que se combinan diferentes dimensiones tanto sensoriales, emocionales o afectivas, como cognitivas.
Hoy en día, por tanto, el dolor no es solamente el reflejo de un daño tisular, sino que tiene una parte subjetiva y emocional, pudiendo aparecer incluso en ausencia de dicho daño.
Los factores que afectan al dolor se agrupan en factores biológicos como la actividad de la enfermedad, la forma física en la que se encuentra el paciente o la toma de la medicación; factores psicológicos como las emociones, la autoeficacia, la personalidad del paciente, distorsiones o sesgos cognitivos, conductas asociadas al dolor, entre otros; y factores sociales como el apoyo social percibido, la adaptación conyugal y familiar, etc.
El dolor crónico aparece frecuentemente asociado a trastorno del estado de ánimo, así como a trastornos de ansiedad. Los pacientes aquejados de dolor crónico obtienen, por ejemplo, una prevalencia considerablemente mayor en depresión que la población normal sin dolor. Y según diversos estudios, la presencia de tristeza en el paciente predice aumentos el dolor percibido. Las personas con dolor crónico son más ansiosas y miedosas que las personas sin dolor, dándose mayor incidencia de trastornos de ansiedad que en la población general. La presencia de ansiedad en un paciente con dolor crónico, en especial la ansiedad o miedo al propio dolor, tiende a disminuir su tolerancia al dolor, intensificando su percepción e intensidad, y predisponiendo a nuevos episodios de dolor de manera más frecuente y prolongada, los cuales son mantenidos en parte por la conducta de evitación del dolor que llevan a cabo estos pacientes. Al mismo tiempo los pacientes con altos niveles de ansiedad tienden a desarrollar estados de hipervigilancia hacia el dolor o cualquier estímulo doloroso, haciendo que su percepción del dolor así como su intensidad aumenten, dándose un peor comportamiento cara a la enfermedad en estos pacientes, así como en actividades de la vida cotidiana, la concentración y la memoría.
Los pacientes con dolor crónico presentan niveles más altos de ira y hostilidad que la población sin dolor, siendo la expresión de la ira un factor etiológico o de progresión de enfermedades como la hipertensión, trastornos cardiacos o el cáncer.
La intervención psicológica en pacientes con dolor crónico, según lo que hemos visto, se justifica en la necesidad de ofrecer al paciente, integrada junto a la terapia farmacológica, un entrenamiento y desarrollo en estrategias con las que pueda controlar y manejar sus emociones negativas, tales como la depresión, la ansiedad o la ira. Así mismo la intervención psicológica busca desarrollar en el paciente un afrontamiento activo y una mayor adaptación antes las incapacidades que pueden surgir en la vida cotidiana, de tal manera que junto al manejo de las emociones se dé una mejora en la autoconfianza, control del dolor y una correcta interpretación de las circunstancias que rodean la vida del paciente facilitando su correcta adecuación al medio social y familiar.